La política disociada: El autismo del poder

 


Por Nicolás Hourcle*

​La desconexión ya no es una grieta ideológica; es una falla cognitiva. La política contemporánea ha dejado de ser el arte de gestionar la realidad para convertirse en una coreografía de espejismos. Mientras el ciudadano de a pie intenta navegar el fango de la inflación, la inseguridad y la falta de futuro, la clase dirigente habita un ecosistema paralelo de protocolos, encuestas y retórica estéril.

El síntoma de la "Burbuja de Cristal"

​La política actual no escucha, se auto-referencia. Los problemas que se debaten en los palacios legislativos rara vez coinciden con las angustias que se conversan en la mesa familiar.

​La obsesión por el relato: Se gasta más energía en cómo contar un fracaso que en cómo evitarlo.

​La endogamia partidaria: Los dirigentes hablan para sus militantes y para sus enemigos, olvidando que el 80% de la población no pertenece a ninguna de esas dos categorías.

​La tecnocracia sin alma vs. el populismo de cartón

​La disociación se manifiesta en dos vertientes igual de peligrosas:

​El tecnócrata: Cree que la sociedad es una hoja de Excel. Su frialdad numérica ignora que un punto porcentual de desempleo no es un dato, es una tragedia humana.

​El populista: Agita banderas y emociones básicas para ocultar su incapacidad de gestión. Su disociación es moral: promete paraísos con recursos que sabe que no existen.

​ El divorcio de la responsabilidad

​El rasgo más duro de esta política disociada es la ausencia de consecuencias. En el sector privado, el error se paga con el puesto; en la política disociada, el fracaso se recicla. Se premia la lealtad por sobre la idoneidad, creando una casta de funcionarios "todoterreno" que saltan de un ministerio a otro sin saber nada de ninguna de las áreas que comandan.

​"La política ha pasado de ser una herramienta de transformación a ser un sistema de autopreservación de las élites."

​La sociedad del hartazgo

​Cuando la política se disocia de la realidad, la sociedad se disocia de las instituciones. El peligro no es solo el cinismo ciudadano, sino la aparición de outsiders que prometen quemar el sistema sin tener un plano de qué construir después. La política disociada es la madre de todos los extremismos.

​Conclusión

​Una dirigencia que no siente el dolor de sus dirigidos no es política, es aristocracia disfrazada de democracia. Si el sistema no recupera la capacidad de mirar a los ojos a la realidad —sin filtros de Instagram ni asesorías de imagen—, la desconexión terminará en una ruptura irreversible del contrato social.



* Lic. en Ciencias Políticas

Dirigente Esperanza Nacional




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